No sólo es eso. Ya de por sí resulta difícil "hacer hablar" a un texto escrito hace casi 2.500 años. No sólo el lenguaje no es el mismo; también las costumbres, la cultura, los valores y las ideas de quienes nos precedieron y formaron ese contexto histórico en el que vivió Aritóteles y compañía eran muy diferentes a los nuestros.
Y sin embargo, pese a todo, no es imposible: hacer hablar a Aristóteles después de tantos siglos.
Sabemos que su Física es falsa: que hay más de cinco elementos y que el geocentrismo al que también él se adhirió se reveló como una explicación ingeniosa pero falsa.
Pero a pesar de estos errores, la filosofía de Aristóteles se sigue estudiando y enseñando en todas las universidades del mundo y en todos los planes de estudio de Secundaria en los que existe la asignatura de filosofía. Por otra parte, sigue ocupando un puesto de honor en un hipotético ranking de filósofos ilustres.
Así pues, si pensamos que no hay nada de interesante en la filosofía de Aristóteles, si creemos que lo que escribió y pensó aquel griego con barba muerto hace ya casi una eternidad no tiene interés alguno ni puede decirnos o enseñarnos nada a nosotros, que estamos vivos, que vivimos nada más y nada menos que en el siglo XXI, que ni somos griegos ni tenemos barbas tan largas... entonces, una de dos:
a) O bien están muy despistados todos los gobiernos, rectores, decanos, profesores, alumnos, lectores y bloggeros que dan crédito a las ideas de Aristóteles y que las establecen como una parte de los curricula educativos, o las enseñan, o las comentan, o las discuten; en vez de dedicarse a algo más productivo.
b) O bien el problema es nuestro y, por lo que quiera que sea, no hemos sabido hacer hablar a Aristóteles.
Vamos a suponer que las autoridades educativas de casi todos los gobiernos del mundo no son estúpidas ni están despistadas. Vamos a partir de esta hipótesis y a suponer que Aristóteles tiene algo que decirnos también a nosotros, y no sólo a sus conciudadanos atenienses del siglo IV antes de Cristo.
Pero para ello tenemos que demostrarlo: debemos hacerle hablar entre nosotros, en la actualidad. Debemos elegir alguna de las ideas de Aristóteles y "aplicarla", es decir, mostrar de qué modo nos ayuda a comprendernos mejor a nosotros mismos, ya sea a nosotros como individuos, ya sea a la sociedad en la que vivimos.
Uno de esos libros, que aún llevo a medias, se titula "Las arquitecturas del deseo: una investigación sobre los placeres del espíritu", del filósofo español (vivo y sin barba) José Antonio Marina. Lo he ido leyendo en el avión Lanzarote-Sevilla, en el AVE Sevilla-Madrid y a ratos por las noches, antes de caer rendido en la cama.
Su lectura me ha hecho pensar en lo que me ocurrió el martes. Estaba en Sevilla, paseando por la zona peatonal del casco antiguo, que es también la zona comercial por excelencia. De repente, ante el escaparate de unos grandes almacenes, recordé que "me hacían falta" unos vaqueros... Entré ¿y qué ocurrió? Pues que salí de la tienda habiendo comprado dos vaqueros, una chaqueta, una camisa y un cinturón.
Leamos lo que cuenta Jose Antonio Marina acerca del deseo, el consumismo, la publicidad y los escaparates:
La tesis de Marina en estas páginas es la siguiente. Mientras que el deseo ha sido una clase de impulso que las grandes religiones y las culturas antiguas han tratado sistemáticamente de rechazar o calumniar, en nuestra civilización actual no para de promocionarse y fomentarse. Y en ello juega un papel crucial el sistema capitalista y el modelo de consumismo que lo nutre. Pues a través de la publicidad, se nos crean o fabrican nuevas necesidades, nuevos deseos, nuevas insatisfacciones, que nos conducen a comprar compulsivamente, como si en los productos promocionados (perfumes, zapatillas de deporte, coches, etc.) residiera la posibilidad de saciar tales deseos. Esto ocurre en muy breve lapso de tiempo. Pero enseguida la publicidad vuelve a generar en nosotros nuevas necesidades, nuevos deseos, nuevas insatisfacciones...
En efecto, tras haberme comprado los dos vaqueros, la chaqueta, la camisa y el cinturón, me pregunté que para qué o por qué me había comprado tanta ropa compulsivamente, cuando sólo me hacían falta unos vaqueros. Y no pude evitar acordarme de la distinción aristotélica entre fines perfectos e imperfectos.
¿Por qué compramos cosas que no nos hacen falta?
Con la teoría de Aristóteles en la mano deberíamos preguntarnos: "¿y para qué quiero estar a la moda, ser aceptado en un determinado grupo, parecerme a alguien que admiro, etc.?". Y ahí tendríamos que dar otra respuesta, encontrar otro fin más perfecto o valioso que el anterior.
Lo importante es lo siguiente. Aristóteles nos pide que nos fijemos en si dicho comportamiento nos acerca o no al fin supremo o perfecto: la felicidad. Puede resultar un rollo hacerse este tipo de preguntas cada dos por tres. Pero eso es lo que nos pide: ser virtuosos. Y siendo la virtud o "areté" la excelencia en aquello que es propio del hombre, y siendo la razón eso que es propio, lo que nos pide Arstóteles es que actuemos y vivamos conforme al uso excelente de la razón.
Aristóteles nos pide que pensemos, que seamos racionales y actuemos en la vida con inteligencia. Y ello no porque así lo haya pedido algún dios omnipotente (como carse), ni porque su autoridad y fama nos obligue a obedecerle, sino porque sólo así conseguiremos aquello que todos queremos en el fondo: ser felices.
Y ahora va esa "tarea carnavalera" que prometí en clase:
A) Haz hablar a Aristóteles: relaciona alguna de sus ideas con algo que te haya ocurrido, que hayas visto, que hayas pensado, que te preocupe o que forme parte del modo de vida de esta enorme polis que es el mundo globalizado en que vivimos.
B) Profundiza en el tema que he esbozado: el consumismo y la felicidad. Termina la serie de preguntas que yo he comenzado, tratando de dilucidar si mi compra en los grandes almacenes o un tipo de compra similar es inteligente y racional y, por tanto, conduce a la felicidad, o si, por el contrario, es un caso de akrasia.
Como entiendo que estas son fechas de mucho trabajo y que andarás liadísimo/a con la preparación del disfraz, sólo voy a pedirte que contestes a una de las dos tareas, señalando de antemano si te decantas por la A o por la B.
Y ya que ha sido culpa mía el no haber publicado antes este post ampliaré el plazo máximo que tienes para dejar tu tarea en forma de comentario a este post: hasta el viernes 15 de febrero a las 18:00 horas.
No te quejarás...






